Irán, epicentro de la tempestad
“Irán, epicentro de la tempestad”
Rafael Fraguas, Periodista, Doctor en Sociología y analista geopolítico.
Pronunciada en la Academia Española de Administración Pública el 30, jueves, de Enero de 2025
Toda la atención geopolítica se gira hoy hacia Irán, Estado incrustado históricamente en el Asia Occidental, en el bajo vientre de Rusia, no lejos de China y de la India, que flota sobre gas y petróleo, además de controlar el estrecho de Ormuz, garganta angosta por donde cruza la mayor parte del petróleo mesoriental generado por Arabia Saudí, Irak, los Emiratos árabes y los propios hidrocarburos del país de los persas. Tres veces la superficie de España y el doble de nuestra población, Irán es el último Estado que figura entre los enemigos declarados de un Israel hoy ensoberbecido por la venganza tras el ataque insólito de las brigadas islamistas de Hamas, gobernante en Gaza, el 7 de octubre de 2024, con 1200 muertos y dos largos centenares de secuestrados. Pero la guerra había empezado 75 años antes, cuando nació el Estado de Israel, a partir de entonces incapaz de gestionar la afluencia masiva hacia su territorio de judíos de todo el mundo, a los que encaminaba a la ocupación colonial de las tierras vecinas adscritas a Palestina por Naciones Unidas.
El examen de la situación interna de Irán resulta hoy pertinente pues es, sin duda, uno de los combatientes potenciales de la guerra que muchas cancillerías presuponen va a desencadenarse en los próximos años, si no, meses. Será preciso indagar sobre los orígenes de la actual fase conflictiva, en los que la sucesión del Guía Supremo de la República islámica quedó truncada por el asesinato selectivo, en enero de 2020, con la anuencia de Donald Trump días antes de abandonar su primer mandato presidencial, de quien fuera la mano derecha del ayatola Sayed Alí Jamenei. Centenares de muertos y decenas de miles de detenidos, atestiguaron la erosión del régimen. La política punitiva manifiesta en la represión de cualquier forma de crítica al régimen islámico, señaladamente antifemenina, a partir de la muerte en comisaría de una joven kurda, Misha Amini, en septiembre de 2023, ha abierto la caja de los truenos. La amplitud de la impugnación contra el régimen desde las calles de las principales ciudades del país ha abierto una enorme brecha en la legitimidad del régimen islámico, que presumiblemente le debilitará ante el desencadenamiento de un conflicto armado contra Israel o cualesquiera de sus poderosos vecinos, Arabia Saudí y Turquía. Empero, el carácter milenarista del chiismo imperante y mayoritario en Irán, así como su textura ideológica sacrificial y martiriológica, versada hacia sus mártires fundacionales, Hussei y Alí, sobrino y yerno del Profeta, además de una arquitectura constitucional muy sofisticada, otorgan el régimen hierocrático -Gobienro de los sacerdotes- una entidad resiliente que permite prever su perpetuación en el tiempo, toda vez que la oposición política, nacionalista, comunista, fedayín y mujaidín, fue decapitada en sucesivas y sangrientas purgas, aplicadas implacablemente por el poder desde Teherán.
La relación ente el Estado y la sociedad de la República islámica de Irán atraviesa hoy pues una fase conflictiva que preludia cambios. El alcance de tales cambios se desconoce, así como si las transformaciones previstas cursarán en clave pacífica o violenta. Pero la sociedad iraní vive mutaciones tectónicas que se manifiestan ya en un deterioro de la legitimidad del régimen, legitimidad formalmente basada hasta ahora en una islamización arabizante e impuesta de las costumbres, los estilos de vida y la organización de la vida cotidiana. Tal imposición se había aplicado en contra de un legado civilizacional y cultural persa, yacente en el imaginario del pueblo iraní, relativo a fiestas, ritos, mitos, leyendas y tradiciones literarias, canceladas por decreto desde el rigorismo islámico chií.
El hartazgo contra el régimen por parte de las capas medias de la población, señaladamente femeninas, y del mundo asalariado -el sector petrolero mantuvo más de año y medio de huelgas y manifestaciones por falta de retribuciones salariales-, es evidente en las calles de las principales ciudades del país. Se despliega en un contexto de precarización económica muy severa, inducida por sanciones económico-financieras impuestas por Estado Unidos y complementada por errores de gestión interna, alzas de precios y episodios de corrupción oficial.
Todo lo cual es percibido socialmente como causa y efecto del rigor punitivo en la aplicación de pautas de conducta por parte de la policía de la moral, sorollah, y cristaliza en una paulatina secularización de la vida cotidiana, ya visible, capaz de preludiar cambios sustanciales en las relaciones entre la sociedad iraní y el Estado islámico. Esos cambios en clave secularizadora, desproveen al régimen de los fundamentos doctrinales, islámicos, de su legitimación. Y ello pese al enorme entramado islámico-legal del poder, complementado por la plena judicialización de la vida política oficial, todo ello en clave islámica, en cuyo vértice piramidal, extremadamente jerarquizado, se encuentra el Guía, Supremo Jurisconsulto y depositario de la soberanía estatal recibida y versada hacia Dios. La soberanía no reside en la grey islámica, en el pueblo.
El Estado islámico, piramidalizado doctrinalmente hacia la divinidad, cuenta además con un aparato institucional sofisticado y operativo, con controles y equilibrios formales. Tal configuración del poder, que oscila desde un doctrinarismo pragamatista totalizante en la primera fase del triunfo de la revolución, hasta el actual pragmatismo doctrinario y dictatorial, retroalimentados alternativamente ambos, convierte en extremadamente difícil una evolución doctrinal inducida desde el interior del régimen. No se vislumbran cambios doctrinales importantes ni a corto ni a medio plazo. Pero el desapego social de importantes sectores de la población, señaladamente femenina, tras el precitado estallido social consecutivo a la muerte bajo custodia policial de la joven kurda Misha Amini en el mes de septiembre de 2023, puso de relieve que, pese a la represión -cerca de 600 muertes y más de 20.000 detenidos-amplios sectores sociales han perdido el miedo y protagonizan manifestaciones incesantes de oposición al régimen en numerosas regiones del país.
Dado el carácter victimista, martirológico y mistérico del chiísmo, religión sacrificial milenarista, que espera la llegada del Mahdi, el imán oculto, desaparecido en una cripta en el siglo X, el régimen execraba las protestas que atribuía siempre a agentes extranjeros y los interpretaba como a signos o pruebas de la divinidad hacia la resiliencia de su pueblo elegido. De tal modo, el régimen se retroalimentó durante años de ejercicio de esta línea contra-argumental. Así, estallidos esporádicos de impugnación política, económica o laboral, resultaban acallados por el régimen mediante tímidas fases de apertura reformista, consecutivas a una represión eficaz. A la postre, tales fases culminaban en un retorno a políticas más duras que otorgaban al Estado islámico la plena hegemonía social, aleccionado y blindado por la hostilidad occidental.
Pese a todo, la legitimidad del régimen no estaba amenazada. Lo nuevo que la situación iraní ofrece hoy lo constituye esa incipiente, pero arraigada, pulsión social hacia la desislamización de las costumbres, ya que su islamización ha constituido, hasta ahora, el principal factor de legitimación social del régimen. Ese proceso implica alteraciones palpables de estilos de vida, conductas y percepciones muy distintas de las hasta ahora vigentes, que a falta de otros vectores de un cambio que no llega por otras vías, puede preludiar un potencial cambio del régimen.
La reciente escalada de la crisis en el Medio Oriente tiene su inicial epicentro en el asesinato selectivo de Qasem Soleimani (Kerman, 1957-Bagdad, enero de 2020), máximo líder militar iraní, acaecido en las inmediaciones del aeropuerto de Bagdad. La muerte le sobrevino cuando él y su séquito, a bordo de un convoy militar de escolta, fueron aniquilados con misiles lanzados desde drones en vuelo, probablemente teledirigidos por las Fuerzas Aéreas estadounidenses, que cuentan en Irak con 12 bases militares y un prieto sistema de Información y comunicaciones.
Muchos interrogantes penden aún sobre este episodio, que cabría definir como un magnicidio preventivo, un eslabón más en la siniestra cadena que arrastra el concepto de guerra preventiva, una nueva e inquietante aberración transgresora de las leyes de la guerra y del Derecho Internacional, aplicada sin escrúpulos en escenarios tan dispares como Libia, Líbano, Irak o Siria. Precisamente en estos países fue donde Soleimani ejercía su liderazgo militar al frente del contingente mixto Al Qods, nutrido por miembros de la Guardia Islámica iraní –Sepah Pasdaran- y voluntarios chiíes de distintas nacionalidades. El general abatido, provisto de un poder carismático evidente dado el fervor de sus tropas ante sus éxitos militares en la guerra irano-iraquí (1980-1988) así como por su ascendiente popular en su país y en la zona perimetral contigua, ejercía de responsable, no solo militar sino también político y diplomático, del glacis de seguridad y de ataque de un Irán rodeado de potentes adversarios como Arabia Saudí, Turquía o incluso Israel, al que hostigaba por su apoyo al Hizbollah libanés y al Hamás palestino.
Lo sucedido junto al aeropuerto bagdadí se había originado tiempo atrás, cuando una milicia iraquí proiraní atacó, presumiblemente con cohetes, una base estadounidense en Kirkuk en el territorio de Irak y causó presuntamente la muerte de un contratista privado norteamericano. Nunca se reveló su nombre. Empero, la reacción de los supuestamente atacados se saldó con una treintena de muertos entre milicianos iraquíes. Los supervivientes y sus deudos se encaminaron a Bagdad y allí se adentraron en la Embajada estadounidense. La Policía local los desalojó con gases lacrimógenos y los asaltantes protagonizaron una sentada alrededor de la sede de la misión diplomática.
El pánico cundió en algunas estancias de Washington, donde se temía una reedición o un ritornello de lo sucedido en la Embajada estadounidense en Teherán en noviembre de 1979, cuando Estudiantes en la Línea del Imán Jomeini, bajo la dirección del hoyatoleslam Mussavi Joeiniha, asaltaron la sede diplomática y mantuvieron secuestrados durante 444 días al personal diplomático norteamericano -53 personas- hasta el 20 de enero de 1981, fecha en que iba a tomar posesión de su cargo presidencial Ronald Reagan. Aquel episodio quedó grabado en la memoria colectiva del país trasatlántico.
Todo indica que, ante la gravedad de lo que se desarrollaba a fines de diciembre de 2019 en Bagdad, que podría ser considerado por Washington como casus belli de una guerra frontal indeseada por Irán, Qassem Soleimani se decidiera a movilizar su carisma y su ascendiente para disuadir a los que cercaban la Embajada con el propósito de que desistieran del cerco. Lo que no pensaba el general iraní, probablemente, era que Donald Trump tampoco deseaba una nueva guerra, en esta ocasión con Irán., ya que acariciaba conseguir, si superaba entonces el trauma del impeachment, la reelección en noviembre de ese año. Empero, el general persa se arriesgó confiando en que su aviso al Gobierno iraquí de su propósito de acudir a Bagdad fuera transmitido a Washington y, sin hostigamiento alguno, le fuera franqueado el paso por Irak, donde, además, contaba con apoyo miliciano local proiraní. ¿Calló su aviso el Gobierno de Bagdad? ¿Un avezado general como él incurrió en la arrogancia de sentirse invulnerable o en la confianza en que sus enemigos le respetarían?
¿Qué sucedió en realidad?: hablaron los misiles desde drones que difícilmente discriminan quién viaja en un convoy militar, por muy fuertemente escoltado que vaya. Habló el fuego. El número 2 del régimen iraní, futuro heredero ejecutivo del anciano ayatollah Alí Jamenei, quien ya antes le había calificado de mártir en vida tras permanecer al frente de la Defensa y del Ataque de Irán y garante de su integridad en un contorno abiertamente hostil, pereció abrasado y destruido el mito vivo sobre el que cosechó su poder y su carisma.
En Washington, Donald Trump, cada vez más aislado, pese a sus proyectos de reelección, sudaba sangre ante la inminencia de un impeachment, una destitución legal por parte del Congreso. Solo contaba, en realidad, con un aliado poderoso, aunque también en apuros como él mismo: Benjamin Netanyahu, al borde de un juicio por corrupción que podría poner fin a su largo mandato como Primer Ministro de Israel. Netanyahu necesitaba una baza importante para re-acreditarse ante el pueblo israelí y fortificarse ante su clase política. Por consiguiente, podría ofrecer movilizar su influencia transversal entre congresistas y senadores demócratas y republicanos estadounidenses para rebajar el mordiente del procedimiento legal de destitución de Donald Trump. El intercambio era claro: la vida de Soleimjani, odiado en Israel, mentor de su muerte, por su amparo a Hizbollah y Hamás´, a cambio de apoyos para impedir que el aliado de Netanyahu, Trump, fuera legalmente derrocado.
Otra interpretación se inclina por considerar que Trump, quien pese a haber incentivado sustancialmente el inicial presupuesto militar de Estados Unidos, entonces 690.000 millones de dólares, (hoy cerca de 800.000) ha renunciado formalmente a las guerras armadas por las guerras comerciales y financieras, pudo también haberse visto presionado a eliminar a Soleimani por parte del complejo militar industrial norteamericano. Este poderoso poder fáctico, sobre el cual ya alertara en los años 50 del siglo XX el general de cuatro estrellas y presidente Dwight D. Eisenhower, una vez culminada la Guerra Fría a partir de 1990 y pese a que la Unión Soviética es hoy una Rusia descomunistizada y capitalista, prosigue alimentando una rusofobia que brinde una motivación a la carrera de ventas de armamentos que el complejo controla. Parte de las acusaciones de injerencia rusa en la política electoral e interior estadounidense parece tener una inducción semejante. Sin embargo, como el mensaje belicista rusófobo no acaba de calar en la sociedad americana, Irán volvería así al primer plano del Eje del Mal de los enemigos de Estados Unidos como pretexto perpetuador del poder fáctico militar-industrial.
Sin descartar que el Comandante en Jefe, Donald Trump, haya podido ser militarmente entonces puenteado -voluntaria o involuntariamente- en el asesinato de Soleimani, la gravedad de este hecho adquirió un alcance tal que desborda los límites del atribulado Medio Oriente. Una previsible escalada parecía tan inevitable que tan solo unas pocas horas después de lo ocurrido Mike Pompeo, entonces Secretario de Estado y exdirector de la CIA, salió al paso de lo ocurrido y dijo que el Gobierno de los Estados Unidos no pensaba ir más allá. El propio Donald Trump twiteó un mensaje en el mismo sentido. Todo indicaba que se tomaba conciencia de la entidad de lo acaecido tan solo tras el hecho consumado. Pero el desarrolo de los hechos ulteriores hasta nuestros días ya anunciaba aquello a lo que estamos asistiendo: una reconfiguración del mapa de todo el Medio Oriente en clave norteamericano-israelí.
En Teherán, el ayatollah Alí Jamenei mostraba el dolor personal y el de la clase política iraní mientras prometía vengar a su favorito, al tiempo que millones de personas salían a las calles de Mashad, Teherán, Qom, Ispahan y Kerman, patria chica del asesinado pidiendo el castigo de sus asesinos. Hassan Dhaghan, asesor militar del Guía de la Revolución Alí Jamenei, anunció una segura y proporcionada represalia, si bien ceñida al ámbito militar.
Como telón de fondo, la aniquilación del número 2 del régimen iraní reavivaba el temor a que Irán se descolgara, plenamente ya, del pacto de desnuclearización que la República Islámica había suscrito con Barak Hussein Obama y los líderes de Francia, Reino Unido y Alemania en 2015. No obstante, poco después de acceder al poder en 2016, Donald Trump había roto el acuerdo que París, Londres y Berlín, al igual que Teherán, se propusieron prorrogar con la esperanza de hacer volver a Estados Unidos al redil pactado.
Tras el magnicidio de Bagdad, Vladimir Putin, presidente de Rusia, viajó a Damasco y mostró el apoyo ruso al Estado sirio que, con la pérdida de Soleimani, veía desaparecer a su principal sostén militar en la guerra desencadenada conjuntamente por el Estado Islámico (ISIS o Daesh) y la oposición siria –con apoyo occidental- para fragmentar el país y establecer un califato, unos, y derrocar a Bacher al Assad, los otros. Por su parte China mostraba incomodidad con lo sucedido, habida cuenta de que Irán es uno de los emporios energéticos más ricos del Planeta, máxime ahora, cuando se sabe que el Golfo Pérsico atesora otro depósito de hidrocarburos de extensión inusitada. Tanto París como Berlín, donde parecía entenderse que las sanciones económicas contra Irán decretadas por Trump formaban parte sustancial del conflicto, por lo cual exigieron templanza a ambos Estados. No obstante, ya hemos visto el destino de la Siria de los Assad, derrocados en 15 días, tras permanecer en el poder siete décadas ininterrumpidas, abatido por una coalición cuyo liderazgo detenta la fracción hegemónica heredera de Al Qaeda, autora de los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono de Washington en septiembre de 2001, con cerca de 3.000 muertos.
Estatalmente hablando, Irán no es un estado cualquiera. Como señalábamos antes, tanto su riqueza petrolera –y geominera-, como su control del estrecho de Ormuz, por donde circula a diario buena parte del petróleo que riega Occidente, le otorgan una potencialidad, política y diplomática, táctica de la que carecen otros Estados de la zona. Este potencial se ve implementado por su extensión territorial, tres veces la de España, así como su orografía montañosa y/o desértica, al igual que su población alfabetizada, sus infraestructuras industriales petroquímicas y su trabada institucionalidad política –con un refinado sistema parlamentario, consultivo y fiscalizador engrasado por una cultura política secular. En cuanto a su entidad militar, con la posibilidad de movilizar un millón de hombres en armas, cuenta con un considerable Ejército regular, Artésh, tan solo superado por una Guardia Islámica o Guardia Revolucionaria, Sepah Pasdarán, provista de Aviación, Marina, Cohetería y Carros de Combate propios, cuerpo militar fogueado además en la guerra irano-iraquí y con experiencia de combate intramuros, Basidj, y extramuros, Al Qods, de sus fronteras. Todo ello le convierte en un enemigo nada desdeñable para una superpotencia lejana como Estados Unidos, incapaz de ocupar el país militarmente y con amargas experiencias bélicas como la derrota de Vietnam en el imaginario colectivo.
En medio de un panorama con las espadas en alto, como el actual, con Gaza arrasada en una guerra genocida acometida por Israel contra el pueblo palestino, la guerra preventiva y, aún, los magnicidios preventivos como el de Qassem Soleimani, son aberraciones belicistas que preludian lo que se columbra ya hoy, una guerra abierta entre Israel e Irán, toda vez que Israel ha conseguido neutralizar las resistencias que desde sus fronteras planteaban dos aliados proxys de Irán, Hezbola y, en menor medida, Hamas. Asimismo, con la imprescindible ayuda de la presidencia de Joe Biden y los anuncios de sus sucesor Donald Trump, y todos sus antecesores, Israel ha logrado convertir en Estados fallidos vecinos suyos como Líbano y Siria, o enemigos declarados como lo fueron Irak y Libia. La selectividad de los asesinatos se identifica con los meros actos de terrorismo por ser en nada diferentes a los asesinatos del mero tiro en la nuca al adversario político, que caracteriza el terror más común y menos sofisticado.
Es difícil calibrar si este proceso secularizante va a adquirir fuerza política suficiente como transformar la naturaleza del régimen de la República islámica y su músculo ante una posible guerra con Israel. No olvidemos que los principales vectores de oposición política, partidos y sindicatos, fueron descabezados hace décadas, privando a los sectores sociales reivindicativos de herramientas organizativas clásicas para rentabilizar avances sociales, económicos y políticos. La resiliencia del régimen ante aquellos procesos políticos desencadenados en su contra y saldados con la represión, residía en la compacta textura ideológica y orgánica del Estado chiita. Socialmente vertebrado por una alianza entre la burguesía comercial, nacionalista, el bazar, titular de la gestión económica, y el lumpen proletariado, al que se le asignaron los cometidos militares, paramilitares y parapoliciales, su mixtura está políticamente dirigida por una hierocracia, un gobierno de los sacerdotes, cuyo clero lleva en los aledaños del poder político desde el siglo XVI en que el Islam duodecimano fuera convertido en religión oficial. El carácter mistérico de esta religión lw otorga una fortaleza inusitada, basada en la sumisión de todo lo humano a la esfera divinal, todo lo cual le confiere sentido moral y fundamento doctrinal, reforzados por una cultura victimista y martirológica que singularizó al chiísmo, escisión islámica legitimista basada en el mandato político-religioso de los descendientes del Profeta Mahoma, hoy asentados en el poder en Teherán desde el derrocamiento del sha Mohamed Reza pahlavi en enero de 1979.