Dialogos sobre Europa.

La UE es un proyecto de éxito. En sus casi seis décadas de formación y fortalecimiento ha garantizado la paz en Europa, con la notable excepción de los Balcanes, en nuestra frontera inmediata, y casi en nuestros días de Ucrania. Ha funcionado como una económica competitiva, el área comercial más potente del mundo, suponiendo una cuarta parte del producto bruto mundial, siendo menos de la duodécima parte de la población global. Ha garantizado, una vez superadas las dictaduras del sur y del este de Europa, el espacio de mayor respeto a los derechos y libertades en el marco de una democracia pluralista. Mantiene un modelo social que no existe en ninguna otra de las potencias mundiales, hasta el punto que representa más de la mitad del gasto social global. Ha permitido converger económica y socialmente a sus estados Miembros a través de los distintos fondos que han posibilitado importantes transferencias fiscales internas. Ha mantenido un alto nivel de solidaridad con la lucha contra la pobreza y exclusión y con la cooperación al desarrollo, suponiendo el 60% mundial.

Pero ese proyecto de éxito ha avanzado mucho menos en su integración política, y las distintas crisis a las que se ha enfrentado, (o a las que no se ha enfrentado debidamente como tal Unión) han debilitado o dañado muchos de estos logros precedentes, proyectando insatisfacción, y en muchos casos rechazo, y poniendo en riesgo el futuro mismo del proyecto.

La UE está inmersa hoy en una crisis de confianza, credibilidad y proyecto que se manifiesta en cuatro dimensiones distintas aunque entrelazadas.

En el ámbito exterior:

La Unión es percibida en la última década, pero sobre todo desde el desencadenamiento de la crisis económica, como un espacio económico anquilosado, poco dinámico, empequeñeciéndose industrialmente, financieramente fragmentado, con escaso crecimiento relativo y con creciente desempleo.

Como una unidad política difícil de identificar, extraordinariamente compleja en su gobernanza, instituciones y actores, en continuo proceso de evolución pero sobre dinámicas contradictorias y sin una clara hoja de ruta sobre su meta final, con intereses contrapuestos y continuas tensiones en su seno.

Como un actor global impredecible, sin autoridad única que la represente de manera clara e inequívoca, sometida (y, por ello, debilitada) a las estrategias diferenciadas de sus miembros más relevantes en lo que concierne a casi todos los asuntos de dimensión global, sean intervenciones militares o seguridad, política comercial, cambio climático, o en las relaciones con otras potencias.

Entre sus Estados Miembros:

La crisis ha generado o exacerbado comportamientos “nacionalistas” entre los Estados Miembros, de cierta retirada hacia su interior, primando las posiciones egoístas sobre las cooperativas, alimentando la dinámica intergubernamental a costa de la comunitaria, proyectando profundas dudas sobre el futuro de la Unión Política.
Las decisiones relativas a la falta de ambición de las Perspectivas Financieras son una síntesis de esa reorientación, en la que se inscriben, a la vez, el posicionamiento del gobierno de UK respecto a la recuperación de competencias cedidas, la teorización de la Canciller alemana sobre su preferencia por una Unión gobernada por el Consejo antes que por la Comisión, las reticencias del Tribunal Constitucional alemán a aceptar como plenamente democrática la única institución representativa de la Unión, la resistencia francesa a la cesión de soberanía hacia una federación, los frenos a la libertad de movimientos de los ciudadanos (Schengen) por parte de cada vez más países, por no considerar comportamientos más extremos en algunos otros países de la Unión.

Entre los Mercados

Si bien Europa no es el desencadenante de la crisis financiera, el impacto de la misma sobre la economía real se ha manifestado en la Unión de la manera más aguda (sea por las características de su modelo productivo, sea por las asimetrías de su espacio económico, sea por las erróneas políticas aplicadas) en términos de crecimiento, de empleo y de prolongación de la crisis.

Europa ha sido durante la crisis y, en cierta medida sigue siendo hoy, el epicentro de la debilidad económica mundial. En recesión o crecimiento paralizado en su conjunto, las economías más potentes empiezan a pagar las consecuencias de las políticas impuestas a los demás. Europa es foco de atención y preocupación continua en cuanto se analizan las perspectivas de crecimiento mundial.

Las sucesivas crisis financieras, bancarias, de deuda soberana, de toma de decisiones, etc, han proyectado dudas sobre el euro y, lo que es más importante a medio y largo plazo, han cuestionado la existencia de una voluntad de cooperación entre sus miembros para defenderlo solidariamente.

El efecto, en términos de dependencia de los mercados, agencias de calificación, disponibilidad de la financiación, ha sido extraordinario. Pero, a la vez, extremadamente asimétrico en el interior de la Unión, con especial coste para los países del sur, más dañados por esa falta de solidaridad que los que no pertenecen al área euro.

Entre los ciudadanos.

Los efectos negativos de la crisis para la vida de la gente, el interés de muchos gobiernos por desplazar a otras instancias (Bruselas) la responsabilidad política por las decisiones restrictivas de ámbito laboral, pensiones, bienes y servicios públicos, políticas sociales, etc, tomadas por ellos mismos; el de otros por justificar su falta de solidaridad en los comportamientos poco rigurosos de aquellos que la precisan, las estrategias partidarias de los distintos eurofóbicos, y mucho amarillismo político en los medios, han consolidado una opinión pública crítica con la Unión por enfoques distintos.

De manera simplificada, en una parte del Unión se ha instalado fuertemente la percepción de que sus ciudadanos, precisamente por su pertenencia a la Unión, están reduciendo su bienestar actual y poniendo en riesgo el del futuro por causa de sus contribuciones a resolver problemas de otros que, supuestamente, viven en el despilfarro y la holganza (y la corrupción). En otra, se ha instalado la perspectiva opuesta, y se atribuyen al egoísmo, la prepotencia y la imposición de otros, todos los problemas que, atribuidos falsamente a su pertenencia a la Unión, padecen con creciente intensidad.

La suma de ambas dinámicas fragiliza extraordinariamente el compromiso de la ciudadanía europea con el proyecto político que supone la Unión, profundizando en un problema sustantivo, esencial, de ese proyecto, la carencia o debilidad del demos europeo, componente esencial de la legitimidad democrática.

Respuestas ante las cuatro crisis

La respuesta global a estas crisis tiene que contener, a la vez, varios elementos, y debe suponer una vuelta al espíritu de la fase de construcción europea de los 90:

Economía competitiva; cooperación y cohesión interna; solidaridad; ciudadanía y legitimidad democrática; certeza de liderazgo y de toma de decisiones;

Economía competitiva: la Unión tiene que dinamizar su economía como no lo ha hecho, o al menos no lo ha hecho como conjunto, en las dos últimas décadas. Tiene que avanzar mucho en mercado interior, unión bancaria, unión fiscal, coordinación de las políticas económicas. Abordar como tal Unión nuevas políticas estructurales que promuevan los cambios sistémicos. Proveerse de la capacidad de actuar con políticas de dimensión europea a través de un presupuesto mucho más potente (actualmente menos del 1% del PIB europeo). Proveerse, por tanto, de capacidad fiscal, por medio de recursos propios obtenidos como una parte de los impuestos pagados en el ámbito nacional, lo que exige una homogeneización que evite el dumping fiscal.

Cooperación y cohesión interna.

Por tanto, con un Presupuesto mucho mayor, distintas prioridades a las actuales, capaz de corregir los desequilibrios macroeconómicos y los choques asimétricos, generar economía de futuro. Afrontar mutualizadamente el coste de la deuda. Política social ambiciosa y común. Políticas de cohesión relevantes.

Solidaridad. Legitimar la solidaridad financiera, es decir legitimar las políticas de transferencias. Básicamente a través de incrementar los recursos propios de la Unión con los que financiar sus políticas. La solidaridad es más fácil de legitimar si los recursos vienen de los ciudadanos que si vienen de los Estados.
Ciudadanía y legitimidad democrática. Reformas institucionales para reforzar el papel del Parlamento Europeo y para avanzar en la cooperación entre Parlamento Europeo y parlamentos nacionales. Politizar ideológicamente los procesos electorales. Partidos políticos europeos genuinos. Vincular la legitimidad democrática (representation) con los recursos propios de la Unión (taxation).

Certeza de liderazgo y toma de decisiones. Gobernanza clara, no solo económica. Con instrumentos precisos y mecanismos de adopción rápidos. Simplificar drásticamente la estructura institucional.

Una de las debilidades esenciales que afectan al proyecto europeo es la de haber perdido el consenso implícito sobre su sentido último y sobre su propósito fundamental. Superada la fase de su propósito fundamental, garantizar la paz en el territorio europeo, la dirección del proyecto fue básicamente incrementalista y unidireccional: más países, mayor integración, más políticas, políticas mejor dotadas, más ciudadanía, más legitimidad democrática institucional. El legado de la etapa Delors es una concepción de Europa en torno a tres características: economía competitiva, cooperación entre sus miembros, solidaridad interna.

La crisis ha generado dinámicas contradictorias. Por una parte se ha avanzado varias etapas en la integración, aunque casi exclusivamente en lo relativo a la gobernanza económica, y más específicamente del área euro; por otra, esa integración ha seguido esencialmente un camino no comunitario (la creación del Mecanismo Europeo de Estabilidad, y el Tratado Fiscal se han adoptado en ambos casos por medio de tratados internacionales suscritos por los Estados Miembros signatarios al margen de los Tratados de la Unión). Por tanto, lo que ha sucedido es más integración, sí. Más Europa intergubernamental, sí. Pero más Europa como tal Unión, más Europa comunitaria, no, o no tan claro.
¿Más solidaridad? Tampoco. No lo ha sido la respuesta conjunta dada a las crisis financieras o de deuda sufrida por varios países de la Unión. O la incapacidad de aprovisionar con fondos frescos (eurobonos) las políticas que podrían haber impulsado el crecimiento y el empleo.

¿Más legitimidad democrática?. Sí, pero antes de la crisis. Con el Tratado de Lisboa el Parlamento Europeo adquiere el estatus de colegislador y obtiene otro tipo de competencias. Pero el camino de los Tratados intergubernamentales saca fuera de la estructura comunitaria decisiones trascendentales, que se toman por todos o por una parte de los miembros del Consejo.

Avanza la Europa de los Estados, la Europa interpretada por sus Gobiernos.

¿Más ciudadanía? En riesgo. La libertad de movimientos ha conocido en los años recientes importantes retrocesos en muchos países. Italia con Berlusconi en la crisis migratoria de la primavera árabe, Francia con Sarkozy en los asentamientos rumanos, Dinamarca con el gobierno anterior que reintroduce las fronteras internas: La gran mayoría de los estados Miembros en la crisis de refugiados y migratoria.

¿Se está planteando una respuesta clara sobre el futuro de la Unión? ¿Hay un proyecto político nítidamente perfilado a medio plazo? ¿Existen las bases del consenso suficientemente sólidas para adoptarlo?. Difícil dar una respuesta positiva. Y nada es más arriesgado para el futuro de la Unión que reducir lo que es un proyecto político, social, ciudadano, a su estricta gobernanza económica, sin duda necesaria y altamente relevante y, hasta si se quiere, determinante.

Ahora bien, conviene ser autocrítico pero no entregarse al argumentario de los adversarios. De los serios problemas de la Unión son responsables básicamente los que han gobernado en los últimos años, y son mayoritariamente la derecha. No los indultemos a costa de fustigarnos.

No podemos caer en la trampa de autocriticarnos por lo que no hicimos (en el pasado) cuando gobernamos, sacando del foco lo que están haciendo (en el presente) los que nos gobiernan.

Aceptemos por tanto esa parte de autocrítica, pero reivindiquemos lo que hemos hecho en el pasado: la política de cohesión-solidaridad, los avances hacia la moneda única, el giro desde los Estados hacia la ciudadanía europea, la constitucionalización sui generis de La Unión, son logros marcadamente socialdemócratas promovidos por líderes socialistas. Pero sobre todo reivindiquemos lo que estamos haciendo en el presente.

¿Por qué junto a la autocrítica no ponemos en valor que ha sido la presión de los socialdemócratas, en especial en parlamento Europeo, la que ha desbloqueado la línea de aceptación unánime de las decisiones del Consejo forjada en el bienio negro Merkozy y ha forzado la consideración del crecimiento y el empleo frente al exclusivo enfoque de la austeridad?.

¿Por qué no publicitar y defender que ha sido el Grupo SD en el Parlamento Europeo el que ha introducido esa misma consideración en las dos regulaciones más importantes de la gobernanza económica, los llamados “two pack” y “six pack”?.

¿Por qué no subrayar que ha sido el Grupo SD el que ha impulsado la Tasa sobre las transacciones financieras?. Y que es el Consejo el que la ha bloqueado.

¿Por qué no señalar que hemos sido los socialistas los que hemos planteado algo que parece puede avanzar, que es excluir del déficit las inversiones claramente productivas en innovación?

¿Por qué no recordar que hemos sido los socialistas los que hemos planteado la necesidad de flexibilizar la senda de reducción del déficit?

¿Por qué no afirmar que somos los socialistas los que mayoritariamente queremos un presupuesto europeo ambicioso, para políticas de dimensión europea y enfocadas a hacer nuestra economía más competitiva, nuestra Unión más equilibrada, nuestra políticas más solidarias?

¿Por qué no llamar la atención sobre que somos los socialistas los que empujamos para que el proyecto político de la Unión trascienda la gobernanza económica y aborde la consideración de un pilar social y una mayor ambición en la legitimidad democrática?

¿O vamos a aceptar implícita o explícitamente que Hollande hizo lo mismo que Sarkozy, que la política educativa de aquel es la misma que la de Rajoy, que lo que hace Rajoy con los servicios públicos es lo que hicimos y hubiéramos hecho nosotros, que lo que está haciendo Andalucía es lo mismo que hace Madrid, que lo que nosotros ofrecimos en las elecciones generales es lo mismo que está aplicando Rajoy?

Ahora mismo, una parte del debate es qué se puede hacer “a Tratado constante”, es decir sin embarcarse en una reforma de los Tratados, y es mucho lo que se puede hacer en ese campo, y aquello que requeriría reforma sustantiva de los Tratados por medio de una Convención, cuya elaboración, aprobación, ratificación y entrada en vigor podría llevarnos al menos a 2020, sin que esté garantizado el éxito último de la operación.

Muchas de las cuestiones institucionales (otorgamiento al Parlamento de iniciativa legislativa, principio general de mayoría cualificada en toma de decisiones salvando por tanto la unanimidad del Consejo) requieren reformas de los Tratados por medio de una Convención.

Pero la mayoría son decisiones que requieren voluntad y acuerdo político, que pueden ser alimentadas con presión ciudadana y mayorías distintas en el Parlamento Europeo. La lista transnacional requiere modificar el Acta Electoral; para que se unifique la Presidencia del Consejo y la de la Comisión basta con que los actores políticos (Consejo y Parlamento) propongan a la misma persona para ambas responsabilidades. La presentación de un programa y un candidato común está a disposición de los partidos políticos europeos y de sus partidos nacionales correspondientes. El reforzamiento de la cooperación y acción conjunta Parlamentos Nacionales- Parlamento Europeo solo requiere que se predispongan a ello y abandonen sus mutuas reticencias, en especial de los primeros.

Por tanto son, en su mayor medida, decisiones de orden político. No digo que simples, ni fáciles de adoptar, ni que sobre las cuales exista hoy consenso claro, pero son operaciones propias de la competición política. PD/. Brexit

Desde que Cameron planteó el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE se sabía que, cualquiera fuera el resultado, la decisión del pueblo británico tendría serias consecuencias. Para protegerse de una división interna en su partido, atraer a un sector euroescéptico de los votantes en una campaña electoral muy disputada, y tratar de asentar una hegemonía prolongada de los conservadores, puso en marcha un mecanismo de efectos potencialmente muy destructivos, que suele resolverse por pulsiones emocionales basadas en prejuicios bien asentados, fácilmente activables y difíciles de confrontar racionalmente por mucho que los datos los desmientan.

El resultado está ahí. Los británicos han decidido marcharse. El respeto democrático a esa decisión consiste en llevarla a la práctica, en el menor tiempo que necesitemos, con el mayor control de daños posible y buscando un resultado que permita las mejores relaciones y la cooperación más estrecha entre socios que han dejado de serlo pero comparten el mismo espacio geopolítico, el mismo modelo de sociedad, los mismos valores y, al menos pragmáticamente, los mismos intereses generales.

Solo es aceptable que el Reino Unido active el artículo 50 del Tratado de la Unión y nos pongamos a negociar su salida y los términos de una futura relación. Una negociación transparente, llevada a cabo por la Comisión y no de manera bilateral por los distintos gobiernos, y cuyo resultado no puede ser que quien se va mantenga las ventajas de quien se queda, sin asumir ninguno de los inconvenientes.

No a la precipitación. Pero tampoco la parsimonia, tantas veces sinónimo en la UE de inmovilismo. Por esta vez hay que evitar el “demasiado tarde, demasiado poco”. Si se cayera en ello entraríamos en una etapa de ambiente tóxico todavía más peligrosa que la salida misma del Reino Unido. La verdad surge más fácilmente del error que de la confusión, Bacon dixit. Y esa confusión tiene consecuencias potenciales muy dañinas: impulso adicional al proceso de desintegración abierto en el propio Reino Unido, en plena crisis de identidad; incentivos para otros gobiernos en apuros internos para que organicen referéndums “sin consecuencias”, fórmula aún más arriesgada que el referéndum mismo; crisis de legitimación democrática de la propia Unión, incapaz de dar salida al conflicto; sin mencionar la inestabilidad económica y los efectos financieros, comerciales, laborales, etc.

Necesitamos previsibilidad. Y que esa previsibilidad sea el punto de partida de una nueva etapa en la UE. Ya está claro que se puede salir. Ahora hay que dejar claro que se puede y se debe avanzar. Los 27 tiene que formular un proyecto con ambición integradora. No es posible una Europa a la carta, ni tampoco que todos vayan al mismo ritmo sin frenar a los más avanzados. No una baraja, pero sí dos cartas, no excluyentes, en la que los de atrás se puedan incorporar cuando lo deseen y estén preparados. No es este lugar para explicitar el catálogo desagregado de lo que hay que hacer, pero sí para recordar a Juncker: “sabemos lo que hay que hacer, pero no sabemos cómo hacerlo sin perder elecciones”. Es hora de que miremos al futuro, a los retos perentorios a los que no podemos dar soluciones nacionales, y dejemos de mirar exclusivamente a la próxima campaña electoral.

Enrique Guerrero Salom Eurodiputado