LA GUERRA EN UCRANIA Y SU IMPACTO EN LA ESTRATEGIA DE LA UNIÓN EUROPEA.

  • El día cuatro de abril de 2022, tuvo lugar en la Academia, la conferencia del profesor y académico Don Enrique Guerrero Salom anunciada con el título «Ucrania: Cambios estratégicos en la Unión Europea». El texto que se publica a continuación, revisado por el autor, fue la base de la citada intervención,

LA GUERRA EN UCRANIA Y SU IMPACTO EN LA ESTRATEGIA DE LA UNIÓN EUROPEA.

Enrique Guerrero SalomPor Enrique Guerrero.

La invasión de Ucrania por Rusia ha devuelto la guerra al escenario europeo. No es estrictamente la primera vez que ello sucede desde el fin de la segunda guerra mundial; la desintegración de la antigua Yugoslavia desencadenó distintos conflictos en el área en los años 90 del pasado siglo, y provocó finalmente la intervención de la OTAN sobre Serbia, bajo el paraguas de lo que entonces se teorizó como “deber de proteger” para impedir un genocidio en Kosovo. Pero sí es la primera vez que confronta, aunque no directamente, a toda una parte europea, y a la propia OTAN, con su vecino euroasiático con el que varios de los países de la UE comparten frontera.

Para entender las razones y los efectos de este conflicto hay que responder a tres preguntas: qué ha pasado; por qué ha pasado; y qué consecuencias comporta lo que ha pasado. Sólo la primera de las preguntas tiene una respuesta obvia: Rusia ha invadido Ucrania. Las otras dos preguntas tienen respuestas disputadas. Intentemos responder a las tres.

¿Qué ha pasado?

Rusia ha invadido a Ucrania, pero no es la primera vez que lo hace. Invadió y ocupó dos de sus regiones, Donest y Lugank en 2014, así como Crimea, a la que acabó anexionándose. Tampoco era la primera vez que invadía otros territorios en el entorno de la Federación Rusa. Lo hizo en Transnitria en 1992, en el Alto Karabaj en 1990-1994, en Georgia/Osetia del Sur/Abjasia en 1991-1992 y en 2008, y en Chechenia 1994-1996 y 1999-2009.  Por el contrario, Rusia nunca ha sido atacada o invadida desde que se constituyó como tal República Federativa en 1990.

¿Por qué ha pasado?.

Diversas circunstancias pueden ayudarnos a comprender por qué ha llegado a producirse tal invasión.  Algunas son de fondo, como el sentimiento subjetivo de derrota y depresión de la sociedad rusa tras la descomposición de la URSS, que conllevó el colapso objetivo de un modelo de organización económica, social, político y militar alternativo y contrapuesto al occidental. Acompañado del resentimiento de humillación por parte de occidente, que predicó eufóricamente el triunfo del liberalismo y el fin de la historia.

En el campo estratégico global esa desconsideración fue mostrada reiteradamente a Rusia. Un ejemplo significativo lo constituye un texto de la plataforma programática demócrata que impulsó Clinton en 1992, año en el que ganó las elecciones. En el capítulo correspondiente al “Liderazgo democrático global de los EE.UU”, se señalaba que “en 1992 los americanos ven al mundo moviéndose en nuestra dirección. Desde el punto de vista de la seguridad, los Estados Unidos se enfrentan a las mejores perspectivas en el exterior desde 1918. Ningún poder hostil plantea ninguna amenaza inmediata a nosotros mismos o a nuestros aliados claves; el espectro terrorífico de la aniquilación nuclear está afortunadamente retrocediendo; y ninguna ideología rival se confronta con la democracia liberal como el esquema político y moral más apropiado a la dignidad humana, la libertad y la prosperidad”. Es lo que un politólogo, Ackerman, denominó la “burbuja de autocomplacencia”, resumida en la arrogante idea de que “nosotros hemos ganado y ellos han perdido”.

Este colapso y descomposición no tuvo posibilidades pacíficas de recomposición, dada la incapacidad de la Federación Rusa para retener o atraerse antiguas repúblicas soviéticas por distintas razones, por nacionalismo, rechazo al imperialismo ruso, resentimiento histórico, escaso atractivo de una asociación económica, etc.

Este sentimiento y situación depresiva empezó a girar con la llegada de Putin a la presidencia en el año 2000. Reclamó el status de potencia global para un país con el territorio más grande del mundo, con las mayores reservas de agua dulce y minerales críticos, el primer exportador de gas y el segundo de petróleo, con el mayor arsenal nuclear tras Estados Unidos, miembro del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, del G8 y del G20. Putin reclamaría explícitamente ese status en la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2007 al denunciar el intento de construir y mantener un mundo unipolar. Casi al mismo tiempo, en 2008, Obama negaría esa consideración a Rusia al relegarle a la categoría de simple actor regional.

El problema objetivo de Rusia es que para ser reconocida sin reparos como actor global tiene que ser visto como potencia militar capaz de actuar globalmente. Tiene que ponerse en modo conflicto. Rusia dispone de inmensos recursos naturales, pero no tiene gran capacidad productiva, ni una economía moderna, ni es tecnológicamente avanzada. Su PIB es similar al de España, con una población tres veces mayor. No puede ser un actor global como lo es China por su dimensión comercial y tecnológica, ni como Estados Unidos por la fortaleza de su moneda como unidad de cambio, sus propios recursos de todo tipo y por su posición de vanguardia tecnológica. Solo puede reclamar esa posición por su dimensión militar y su poder de disuasión. De ahí que necesite actuar como tal, lo que explica no solo las intervenciones en su entorno sino su recuperación como actor determinante en la guerra de Siria, y en general en su posición en Oriente Medio y su influencia en otras partes del mundo como contraposición a los Estados Unidos.

Rusia ha interpretado, además, que necesitaba cegar los diversos intentos de repúblicas de su entorno para estrechar sus relaciones o, eventualmente, solicitar algún tipo de pertenencia o asociación con la Unión Europea y, a la vez, algún tipo de vinculación con la OTAN, como sucedió a principios de siglo con la incorporación a la misma de países que formaron parte de la URSS o estuvieron bajo su dominio hegemónico tras la segunda guerra mundial.

Sobre estas razones de fondo, Rusia tenía incentivos mediatos para arriesgarse a una invasión de Ucrania en 2022. En primer lugar, la permisividad internacional ante la ocupación de Crimea y las regiones del Donbás, así como el desentendimiento occidental ante su intervención en Siria. En segundo lugar, el mensaje contenido en el repliegue internacional de Estados Unidos, manifestado en la retirada sucesiva de Irak y Afganistán, expresión clara del cansancio y de la tentación de dejar de ser guardián global, cuya expresión más aguda caracterizó la idea central de Trump de volver a hacer América más grande recluyéndose en si misma, tanto a nivel productivo como comercial o militar. Unos Estados Unidos con una profunda división social y política, exacerbada en un año de elecciones intermedias. Unos Estados Unidos que ha girado el foco de sus preocupaciones estratégicas hacia China y de sus intereses económicos y comerciales hacia Asia en general. En cuarto lugar, el tradicional comportamiento inhibitorio de la UE, incapaz de ejecutar una política determinante a causa de su división interna en casi cada asunto fundamental, manifestado en la indisciplina de la aplicación de sanciones económicas tras la primera invasión de Ucrania. Finalmente, la tolerancia y hasta cierto glamour que han obtenido en la última década en la opinión pública occidental los regímenes de dirección ejecutiva autoritaria, desde la propia Rusia de Putin hasta los Estados Unidos de Trump, el Brasil de Bolsonaro, la Turquía de Erdogán, la China de Xi, la Filipinas de Duterte, o incluso la Hungría de Orban.

¿Qué consecuencias estratégicas pueden derivarse de lo que ha pasado?.

Sin duda, la invasión de Ucrania tiene y tendrá consecuencias estratégicas de carácter global. Las tendrá, obviamente, para Rusia, y su dimensión y profundidad dependerá de la evolución y del tipo de conclusión, atascamiento, o congelación de la guerra; no hay que ignorar las consecuencias que para la descomposición de la URSS tuvo su fracaso en la guerra de Afganistán. Tendrá consecuencias para China en su competición estratégica con Estados Unidos, y las tendrá para éstos respecto de la propia China y también de la UE.

En la última década se ha consolidado la visión de que la gran competición estratégica inmediata será la librada entre USA y China por la hegemonía global. Una competición llena de riesgos a cuyo dibujo se aproximó académicamente Allison en su trabajo sobre “La Trampa de Tucídides”, cuya síntesis sería que los procesos de sustitución de una potencia hegemónica por otra se han resuelto históricamente a través de guerras, como lo fue la competición entre Esparta y la emergente Atenas que acabó desembocando en las guerras del Peloponeso, que explica el sugerente y comercial título del libro.

Esa visión, ampliamente asumida por Estados Unidos, puede explicar su creciente desinterés en relativo por Europa, y más en concreto por la UE, en el pasado reciente. La presidencia de George W. Bush, embarcada primero en la guerra de Afganistán, y luego en la de Irak, en la que, a diferencia de la primera guerra del Golfo, no tuvo el respaldo unánime del mundo occidental, trató de separar, y eventualmente confrontar, lo que su Secretario de Defensa Rumsfeld denominó la Vieja Europa de la Nueva Europa. Un distanciamiento frio, no suficientemente rehabilitado por Obama, que consolidó después Trump, que consideró a la UE más como un competidor que como un asociado, a lo que añadió su desprecio por la OTAN como una organización obsoleta. La invasión de Ucrania ha hecho girar de nuevo la atención americana hacia Europa, al comprobar que aquí está la frontera común de occidente con Rusia, reconocido ahora como un riesgo global.

Consecuencias estratégicas para la UE.

Pero nos interesa aquí centrarnos en el impacto estratégico para la UE. Las relaciones de la UE con Rusia se han movido en las últimas décadas casi exclusivamente en el campo económico, y de forma singular en el ámbito energético y de materias primas, y muy por debajo del nivel político esperable cuando se comparte tanta frontera e intereses estratégicos. Un subnivel marcado por la influencia de los antiguos países del este, muy temerosos del gran vecino y frecuentemente más pendientes del escudo protector americano; por el conformismo alemán, atento exclusivamente a sus intereses energéticos; por el desentendimiento inglés a una política común europea; o por la relativa decadencia francesa.

La invasión de Ucrania y sus consecuencias inmediatas y futuras, habrán marcado seguramente el final de la “era de confort” de la UE. Una era constitutiva, tras la segunda guerra mundial, cuyos fundamentos externos eran un comercio internacional abierto y seguro y la protección última de seguridad por un poder igualmente externo. Como definió Delors, el modelo canónico de la Unión era el de una economía competitiva, con un modelo social, en un espacio democrático de libertades, comprometido con la búsqueda de la paz y actor principal de la cooperación y la solidaridad internacional, ejerciendo en el mundo un poder blando basado en la capacidad de atracción de su propio modelo.

La invasión de Ucrania ha sido un parteaguas, un “turning point”, que plantea retos existenciales a la UE. Viene a sumarse a la crisis económica y financiera en la que quedaron al descubierto la débil coordinación de las políticas económicas y fiscales, las insuficiencias de la gobernanza de la Unión, las limitaciones del BCE, etc. Se suma a la crisis del Covid, que ha desnudado la impotencia de la Unión ante la casi completa deslocalización de determinados sectores productivos, su escasa capacidad de respuesta ante bloqueos de suministros o su dependencia absoluta en ámbitos de tecnología avanzada. Todo ello ha mostrado la clara evidencia de la fragilidad (y de las fragilidades) de la UE en el contexto actual, ha consolidado la conciencia de la necesidad de abordar cambios estratégicos, de afrontar de una vez la “era de la madurez”.

De hecho, la reacción de la UE ha sido bien distinta a la de las crisis acumuladas en lo que llevamos de siglo. Tardamos años en encontrar respuestas eficaces a la crisis financiera, que además comportaron sacrificios diferenciales y posiciones encontradas entre sus miembros, con una clara insolidaridad hacia los países con mayores problemas; reaccionamos en solo unas semanas y de manera coordinada, potente y solidaria a la crisis del Covid, poniendo en marcha el mayor paquete de inversión de su historia, avalado además por primera vez por deuda emitida por la Comisión en nombre y soporte de los Estados Miembros, interpretada como un cierto momento fundacional de un Tesoro europeo; ahora, la reacción a la invasión de Ucrania ha sido, en palabras de Von der Leyen, “unánime, resuelta e inmediata”.

La respuesta inmediata consistió en la puesta en marcha de sucesivos paquetes de sanciones económicas a Rusia, la elaboración exprés de una Directiva de Protección Temporal a los refugiados ucranianos que llegaban por centenares de miles a la Unión, la provisión de ayuda militar, económica y humanitaria, así como la concesión (muy lejos de los usos del tiempo de las instituciones europeas) del status de candidato al ingreso en la UE de Ucrania y Moldova.

Pero más allá de la respuesta inmediata, la Unión tomó nota de las implicaciones estratégicas que comportaba la nueva situación. En el Consejo Europeo informal de Versalles (11-12 de marzo), a menos de tres semanas de la invasión, los Estados Miembros constataron que la agresión constituía “un vuelco descomunal en la historia europea” y generaba “una nueva realidad”. Por ello declaraban haber decidido “asumir una mayor responsabilidad respecto de nuestra seguridad y adoptar medidas decisivas para construir nuestra soberanía europea, reducir nuestras dependencias y diseñar un nuevo modelo de crecimiento e inversión para 2030”. Es preciso subrayar que en ningún otro momento anterior se habría asumido por todos los países de la Unión y sin fuertes resistencias el concepto de “soberanía europea”.

Se especificaba que se habían abordado en el Consejo tres dimensiones clave: A) el refuerzo de nuestras capacidades de defensa; B) la reducción de nuestra dependencia energética; C) el desarrollo de una base económica más sólida”. Necesariamente la respuesta a esas fragilidades estratégicas habrá de suponer un cambio intenso de orientación y de políticas. Pasemos a tratar algunas de esas fragilidades más nítidas.

Seguridad y una política real de defensa.

El Consejo de Versalles subrayó la necesidad de aumentar las capacidades para contribuir positivamente a la seguridad trasatlántica y mundial, complementando a la OTAN, “que sigue siendo el pilar de la defensa colectiva de sus miembros”. El asunto de la seguridad ha sido divisivo en el pasado, con partidarios de la autonomía estratégica europea, Francia a la cabeza, (lo que habría de comportar más esfuerzo común, más capacidad operativa propia, más presupuesto, apuesta por la industria y mejor coordinación), y quienes defienden, países del este en particular, que es más realista y operativo seguir atados a los Estados Unidos. En términos reales se puede decir que el este no se fía de la determinación del oeste ante crisis que podrían poner en riesgo su soberanía. De otro lado, para los primeros, la OTAN ha dado muestras, en recientes presidencias norteamericanas, de erosión de su fiabilidad, si bien ésta ha sido muy reforzada por la respuesta común ante la invasión.

Se han producido ya cambios significativos en este ámbito. Finlandia y Suecia, tras un largo periodo de resistencia a integrarse en el sistema de seguridad para preservar su espacio de neutralidad, han solicitado su ingreso en la OTAN. Alemania ha girado y ahora apuesta por invertir en defensa e incrementar sus capacidades y su presencia operativa. Los Estados Miembros se han comprometido a alcanzar el 2% de su PIB en gasto en defensa. Pero el esfuerzo a realizar es mucho. De acuerdo con el Banco Mundial, el gasto medio en defensa de la UE se sitúa en torno al 1,6% del PIB. Solo superan el 2%, situado simbólicamente como el umbral a superar, Estonia (2,3), Francia (2,1), Grecia (2,8), Lituania (2,1), Polonia (2,2), Portugal (2,1) y Rumania (2,3). Es decir, 7 de 27 Estados Miembros, 4 de ellos fronterizos con Rusia, más Francia potencia nuclear, Grecia con un contencioso con Turquía, y Portugal probablemente herencia de un ejército sobredimensionado por las guerras coloniales. Los recursos presupuestarios son una precondición, pero no son el único esfuerzo a realizar. Poner en común las capacidades y construir una doctrina, una estrategia y un mando compartido exige decisiones más políticas que presupuestarias. Decisiones que pueden avanzar tramos en fase de crisis aguda, pero que empiezan a diluirse cuando la situación se estabiliza.

Reducción de la dependencia energética.

Es oportuno recordar que la propia UE nació en torno a la necesidad de evitar la confrontación por la energía que estuvo en el trasfondo de las guerras del S. XX. La declaración Schuman de 1950 señalaba que “la puesta en común de las producciones de carbón y de acero garantizará inmediatamente la creación de bases comunes de desarrollo económico, primera etapa de la federación europea, y cambiará el destino de esas regiones, que durante tanto tiempo se han dedicado a la fabricación de armas, de las que ellas mismas han sido las primeras víctimas. La solidaridad de producción que así se cree pondrá de manifiesto que cualquier guerra entre Francia y Alemania no solo resulta impensable, sino materialmente imposible”. Las primeras creaciones comunes fueron, de hecho, la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, en 1951, y la Comunidad Europea de Energía Atómica, en 1957.

La Unión carece de recursos energéticos fósiles, por lo que es altamente dependiente del exterior. Antes de la invasión, Rusia significaba el 25,7% de las importaciones de petróleo de la UE; el 38,1 del gas; el 16,8 del gas licuado y el 49,1 del carbón (por comparación, las importaciones provenientes de Estados Unidos, significaban el 8,1; 3,9; 19,8 y 15,2, respectivamente). Es imaginable, por tanto, la dimensión del shock energético producido y la imperiosa necesidad de garantizarse de manera inmediata la provisión por otras procedencias y fuentes. De hecho, la estrategia rusa de cortes y manejo del gas ha ido dirigida a romper la unidad europea provocando restricciones a los ciudadanos.

En respuesta, la UE ha aprobado el REpowerEU Plan, cuyo objetivo sería dejar de depender por completo de los combustibles fósiles de Rusia en 2027, y mientras tanto ha ido cerrando la entrada de energía rusa en componentes y fases sucesivas. En una combinación de medidas de contingencia y de estrategia, ha incrementado el uso de gas licuado de distintas procedencias, ha revisado su posición respecto de la energía nuclear y del uso transitorio del carbón, e intensificado el despliegue de las renovables, única garantía propia y segura de futuro. Al tiempo, ha promovido medidas coordinadas de ahorro en los distintos países y aprobado subsidios a los ciudadanos para abaratar el coste de la energía consumida.

Seguridad alimentaria y su impacto sobre la Política Agraria Común (PAC).

La seguridad alimentaria ha sido el objetivo fundamental de la PAC desde su origen. Creada en 1962, es la política común más antigua de la Unión aún en vigor, y a la que se destina el mayor porcentaje de recursos presupuestarios comunitarios, por encima de un tercio del total. Además de garantizar la seguridad de provisión de alimentos, busca proporcionar un nivel de vida equitativo a agricultores y ganaderos, así como preservar los recursos naturales y el medio ambiente. Desde su puesta en marcha nunca ha estado en riesgo esa provisión de alimentos, combinando la producción propia y el comercio internacional abierto, que cada vez supone una parte mayor de nuestro consumo. En ese contexto de seguridad en el intercambio, la PAC ha propiciado en el pasado subvenciones para abandonar o reducir determinadas producciones.

La invasión ha mostrado el nivel de dependencia de la Unión respecto de los dos países en conflicto. De Ucrania, considerada “la despensa de Europa”, provenían el 48,9% del total de las importaciones de cereales de la UE (excluidos el trigo y arroz), el 48% de aceite vegetal (excluido palma y oliva), el 25% de carne de aves, y el 20% de huevos y miel. Parte importante de esas importaciones iban destinadas a alimentación de ganado, lo que unido a la intensa importación de fertilizantes procedentes de Rusia explican no solo las dificultades de reemplazar esos productos en el mercado global sino también la fuerte tensión inflacionista. Sobre ese mercado global, especialmente sobre los países menos desarrollados, impacta extraordinariamente el bloqueo de oferta producido por la guerra. Ucrania y Rusia juntas suponen el 12% del total de calorías alimenticias comercializadas globalmente; el 34% de trigo, 27% de cebada, 81% de pasta de girasol, 57% de aceite de girasol, 16% de fertilizantes. La guerra ha desembocado en reducción de importaciones, subida de precios agrarios y fertilizantes, unido a un incremento del coste de la energía y a reacciones proteccionistas y especulativas.

La Unión no tiene problemas generales de provisión y disponibilidad de alimentos, pero sí un problema de asequibilidad para segmentos de renta baja y vulnerables, así como una clara dependencia de determinados productos. Por ello, necesariamente habrá que revisar aspectos de la PAC para avanzar en producciones que garanticen la seguridad alimentaria, revisión que podría alcanzar a una congelación o relajación de los requisitos medioambientales y fitosanitarios. Un reto sobre el que se han avanzado diversas estrategias, pero no un gran plan equivalente al de la energía.

Política industrial y tecnológica.

La Unión ha ido convirtiéndose progresivamente en una economía de servicios, con una base industrial debilitada. Las demandas para fortalecer la industria europea vienen de lejos, y se han agudizado en las sucesivas crisis de los últimos 15 años. Nuestra dependencia no solo ha ido creciendo, sino que se ha convertido en un riesgo cierto, y así quedó de manifiesto con la crisis del Covid con producciones completamente deslocalizadas y a expensas de bloqueos de suministros. La UE es mucho más vulnerable a una eventual “desglobalización” que otros actores globales, singularmente que Estados Unidos, que es mucho más autosuficiente en energía, agricultura y tecnologías, y menos dependiente de manufacturas asiáticas que la UE.  Por ello el Consejo Europeo manifestó en su primera reunión tras la invasión la necesidad de crear para 2030 una base económica propia más sólida. Y como primera medida concreta se refirió a la necesidad de asegurar para 2030 una capacidad de producción equivalente al 20% del mercado mundial de semiconductores. Necesidad que se mostró más perentoria con la crisis sobre Taiwan, el primer productor mundial.

La UE actor global.

En este escenario de conflicto y de reconsideración de las fragilidades de la Unión y de su posicionamiento en el escenario global, se ha planteado si, en palabras del Alto Representante para la política exterior y de seguridad, Borrell, está naciendo una “UE Geopolítica”.

Históricamente (en términos de la Unión) ha habido demasiados intereses específicos de los Estados Miembros, y demasiado desequilibrio en su papel en el mundo de cada uno de ellos, como para configurar un poder geopolítico del conjunto. No existe la UE en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas; no existe la UE en la OTAN; en el G7 participan simultáneamente países (Alemania, Francia, Italia) y representantes de las instituciones comunitarias; no hay una voz común en las instituciones financieras internacionales, etc.

Geopolítica significa competición por la configuración del poder global. La UE ha avanzado, aunque no tanto cualitativamente en las últimas décadas, y puede que en meses o un año haya avanzado más que en mucho tiempo antes. Pero, aunque la crisis ha galvanizado la coordinación europea, algunos componentes esenciales siguen en estado embrionario. La crisis también ha reforzado el liderazgo de Estados Unidos en la propia seguridad europea.

El tipo de respuestas que, aún en crisis, ofrece la Unión muestra la disonancia entre retórica y acciones. Las decisiones más importantes han estado guiadas por “el deseo de no estar directamente implicados”, o “no tener la responsabilidad de integrar rápidamente a Ucrania”, o “no tener que manejar profundamente las dependencias internacionales entrelazadas”. La Unión sigue moviéndose en su voluntad de ser simultáneamente un “agenda setting” y un “risk avoider”, un deseo de ser marcador de agenda, y un actor con aversión al riesgo. Y es difícil ser un actor geopolítico sin resolver esa contradicción.

Más allá de la guerra, la Unión tiene que plantearse autónomamente qué relación futura aspira a mantener con China, África, USA y la propia Rusia. O con América Latina, el continente más cercano a sus propios valores. Y tiene que atender debidamente al valor añadido obtenido por su frontera sur en términos de seguridad, energía, materias primas o inmigración.

Elementos institucionales.

Todo lo que la Unión ha puesto en marcha en las tres crisis del siglo, financiera, Covid y guerra de Ucrania, empuja a una mayor federalización de las políticas europeas. Pero no necesariamente a una mayor federalización institucional. La primera de las tres crisis se saldó con un mayor poder de los Estados Miembros y del Consejo Europeo que los reúne. Y el avance producido, o que se está produciendo, por las otras dos puede desembocar en un mayor desequilibrio institucional y un menor control democrático. Hoy por hoy salen fortalecidos los dos órganos ejecutivos, Comisión y Consejo, como por otra parte sucede, en la Unión y en los Estados que la componen, siempre que se amplía la capacidad de intervención pública. Avanzar en ese control democrático será difícil. Todo es tan complejo e inestable que acaba imponiéndose la lógica decisional, y ésa lógica es la prosa de los ejecutivos.

Dos últimas preguntas que carecen de respuesta: 1) ¿cuánto durará la unidad mostrada hasta ahora, si aumentan los sacrificios o cristaliza la situación sin resolver la crisis?; 2) ¿estamos expuestos a un accidente político disruptivo, a una fractura existencial, tipo nuevo presidente populista estadounidense o victoria nacionalista extremista en Francia?.

Febrero 2023.

 

  • Vista del salón de actos de la Academia. En la mesa, de izquierda a derecha: Javier Moscoso, Enrique Guerrero, Francisco Ramos, Julian Álvarez y Félix Muriel
  • Fotos: Jorge Souto