Presentación del libro “La desconcertante ambigüedad de la mentira”

Presentación del libro “La desconcertante ambigüedad de la mentira

 

Buenas tardes, mil gracias al autor del libro que hoy se presenta por darme la oportunidad de expresar mis impresiones tras su lectura, entre el desconcierto y las certezas que me provoca la poderosa ambigüedad de la mentira y mil gracias también a Severiano Hernández, subdirector general de los Archivos estatales, y a Juan Ramón Romero, director del Archivo Histórico Nacional, responsables ambos de que hoy se haya podido organizar aquí este acto y amigos siempre de ceder el espacio público que alberga la Historia para la reflexión y el debate de la contemporaneidad.

Como lectora impenitente de la obra de Fernando Sánchez Pintado, debo empezar diciendo que en sus libros mantuvo siempre una relación ambivalente con la mentira. Casi toda la ficción que ha sido capaz de construir era descorazonadoramente real, una cárcel que encierra otras cárceles, un tren que pasa en la niebla y oculta crímenes mitológicos e incluso rostros en la ceniza, la imposible pero absolutamente cierta –y certera- planificación del pasado o el mar implacable reflejado en la última mirada de un enfermo terminal. Los títulos de Fernando, vistos en la distancia, representan las piezas exquisitas de un juego delicado cuyas reglas no escritas anima y obliga a danzar sobre un tablero mágico y maldito. Todos ellos destilan el veneno de la tristeza, algunas dosis de una amargura elegante y centenares de componentes diminutos que integran el peculiar oxímoron que constituye el concepto de mentira. No sucede lo mismo cuando se decidió a escribir, hace algunos años, el prólogo de “La función política de la mentira moderna”, texto clave sobre el papel de la mentira en la política y, particularmente, en los regímenes totalitarios, del filósofo e historiador francés de origen ruso Alexandre Koyré, autor también de obras como “Del mundo cerrado al Universo infinito”, que tanta influencia llegaría a tener en la renovación de la concepción tradicional de la Historia de la Ciencia. Creo que, cuando Fernando decidió publicar a Koyré en Pasos Perdidos, firmó su compromiso con el estudio de las realidades paralelas que conviven en el mundo reconocido y reconocible que habitamos. Y ahí se encela con el análisis profundo y holístico de la mentira, no solo más allá de la moral, de la filosofía, de la comunicación o de la construcción de las relaciones sociales, sino también más allá de la política y, sobre todo, más allá de las relaciones personales.

Ya decía en aquel prólogo a la obra de Koyré que “cuando hablamos de la mentira no nos situamos en el plano de la verdad y el error” y que “la mentira no es una falta de conocimiento o de saber hacer ni un prejuicio, falso razonamiento o error, implica la voluntad y se dirige más a la creencia que al conocimiento”, por lo que “se puede decir algo falso (creyendo que es cierto) sin que eso sea mentir y a la inversa, decir algo verdadero con el propósito de engañar (en la medida en que pensemos que nuestro interlocutor va a suponer que lo que decimos no es cierto), porque la mentira no es un estado ni una cuestión de hecho, sino un acto intencional”.

Es un juego de contrarios, implícito en el propio concepto de mentira, y, al mismo tiempo, un dilema vital, dado el número inevitable de derivaciones que conlleva, cada una de las cuales conduce, a su vez, a nuevas posibilidades.

Y a partir del prólogo, Fernando quedó atrapado en las preguntas. La ficción no era suficiente, la vida tampoco.

De ahí, la construcción de un multiverso conceptual que sólo tenía cabida en un ensayo, éste, del que no me gustaría desvelar cada final que se adivina a cada paso, pero sí recomendar, por algunas razones desiguales y también fragmentarias.

1.- Se trata, quizá, de un testamento vital, el de un escritor que habitó la ficción con las incomodidades propias de una celda, aunque con vistas. Y en él hay gritos de afirmación y de negación, sombras de crueldad inmensamente tiernas, certezas y perplejidades, recovecos del alma y paisajes abiertos. Hay todo menos acción, después de los excesos de las novelas anteriores. En este testamento se dan explicaciones, se solicita la absolución que sólo el silencio –o la música- de las esferas están en condiciones de conceder y se admira la sinceridad, sea lo que sea. Sobrevuela un deseo no expresado de perdón, pero esa, creo será otra historia negada a la ficción, que espero nos regale, en breve, Fernando Sánchez Pintado.

2.- Es la construcción intelectual de un monólogo incesante que dialoga con el mundo y que no es otro que el propio del pensamiento interior encerrado con el solo juguete de la mentira. Está plagado de los trampantojos que ofrecen otros personajes encarnados en citas, personajes literarios o cinematográficos, ejemplos y símbolos. Por los canales de ese monólogo interior circulan ángeles y monstruos de la mano de Rousseau, Wittgenstein, Sartre, Kant (frente a Constant), Zweig, Cocteau, Carrère, Borges, Goffman, Virilio, José Luis Pardo y, por supuesto, Hannah Arendt o Koyré, entre otros muchos compañeros de viaje. El resultado es una espléndida combinación de intuición  y sabiduría que se adelanta a cualquier objeción y la expresa, con técnica de final abierto. Por eso, como lectora, querría saber qué sucede cuando el cuento termina, más allá del broche que ha ido colocando la Historia para poder explicarse el horror de las guerras, la planificación de los crímenes o la agresión a los próximos. ¿De verdad que lo explica todo la mentira?

  1. Eso me lleva a la tercera de las razones. Cada reflexión termina por provocar más preguntas. ¿Puedo eludir los requerimientos de la autoridad sin mentir? Si el aprendizaje de la mentira es tanto de sumisión como de libre decisión, ¿hasta qué punto estarán condicionadas nuestras decisiones por la mentira? ¿Es la alteridad un seguro contra la mentira? ¿Tiene algún sentido juzgar al que miente en las relaciones personales, independientemente de la intención con que lo hace o el componente de verdad de lo que dice? Si el ser humano se viera privado en su naturaleza de la capacidad de mentir, ¿qué otras capacidades perdería? ¿Se salva alguien de la impostura? El libro parece guionizar esta compulsiva batería de interrogantes y enlaza con conatos de respuesta en el capítulo siguiente que, a su vez, abre la vía de nuevas preguntas. ¿Abunda entre el colectivo de políticos el mentiroso compulsivo, o en una de las expresiones de Fernando “el mentiroso en serie”, o acaban en muchos casos convirtiéndose en personajes de una representación diseñada por técnicas de marketing? ¿Y si esto último fuera así, serían acaso responsables de sus palabras y sus actos? Nuevamente, pueden encontrarse las respuestas del autor unas páginas más allá. Y así sucesivamente. Hasta el final, cuando el tono se va haciendo más intimista, y se abordan elementos propios de la vida privada: las relaciones de pareja y la consiguiente bulimia de conocer la verdad, los celos y la tendencia derivada de ellos de crear hechos imaginarios, la forma en que los celos y la mentira comparten la fascinación de lo posible, el irrealizable amor-fusión o la ampliación de la vida que supone el secreto. ¿Convendrá atreverse a la sinceridad, tal y como dice el título del último capítulo del libro?

4.- La cuarta es de orden más práctico. Si no se ha pensado demasiado en el asunto de la mentira, y dado que todos mentimos sin parar de mil maneras desde que empezamos a ser libres o desde que deseamos por primera vez sacudirnos las alforjas de la autoridad, “La desconcertante ambigüedad de la mentira” nos sirve para argumentar –frente a nosotros mismos- por qué lo hacemos, cuánto bien nos hace o el poco mal que hace a otros y qué límites deberíamos respetar si queremos mantener el equilibrio y no precipitarnos al vacío del mentiroso en serie. Y si se ha pensado mucho en ello, nos da claves para una autoabsolución temporal, simplemente por comparación con los grandes impostores, asesinos, suplantadores de personalidades o líderes políticos totalitarios. Frente a las grandes dudas morales, Fernando llama a Einsein al estrado como testigo de la relatividad. Eso, como puede fácilmente deducirse, es mentira, como lo son las metáforas, incluso las más bellas que se hayan podido escribir.