I. De la revolución industrial a la crisis financiera de 2008

La igualdad ha sido una de las ideas-fuerza más poderosas que ha motivado a los seres humanos pero que nunca – hasta ahora- ha logrado producir profundas transformaciones en las comunidades humanas. Bien es cierto que a lo largo de los siglos se han producido altibajos en la distribución de la riqueza y de la renta y en el reparto del poder político pero las conquistas en la lucha contra la concentración en pocas manos del poder económico y político ha sido generalmente de carácter efímero.

Esta idea de igualdad ya aparece en la antigua Grecia. El termino isonomía, igualdad ante la ley o participación por igual en la ley, es decir, igualdad en los derechos de participación en el gobierno de la polis, se utiliza hacia el 500 a.C. En el siglo de Pericles lo genuino de la igualdad es la igualdad política, o sea, la democracia.

Aunque algunos autores – el propio Tocqueville en su Democracia en América – han visto en el cristianismo, que hizo a todos los hombres iguales ante Dios, un claro fundamento de las ideas igualitarias incluso en el terreno político, lo cierto es que el mensaje evangélico no transmite un tipo democrático de igualdad sino que es esencialmente espiritual y no se corresponde con una perspectiva directamente social o política como recuerda Pierre Rosanvallon.

En cualquier caso, a partir de la Edad Moderna la afirmación del principio de igualdad entre los hombres ha estado presente en Europa en numerosas corrientes filosófico-políticas y en movimientos sociales de carácter revolucionario, desde las utopías de Tomas Moro o Campanella a las visiones milenaristas de los sectores heréticos que luchaban por el advenimiento del reino de Dios; desde las rebeliones campesinas guiadas por Tomas Münzen a las invectivas de Winstanley contra el gobierno del rey.

A mediados del SXVIII aparece la decisiva figura de Jean-Jacques Rousseau de cuyas ideas – plasmadas fundamentalmente en su Discurso sobre el origen de la desigualdades entre los hombres y en El contrato social – surgirán posteriormente algunas de las doctrinas democráticas y socialistas vigentes, en mayor o menor medida, hasta nuestros días. Respecto de la igualdad, el ginebrino no veía que los niveles de poder y riqueza tuvieran que ser exactamente los mismos sino que ningún ciudadano fuera bastante opulento para comprar a otro y que nadie fuera bastante pobre para tener que venderse. En un sentido similar se manifestaba en América Thomas Jefferson al considerar que el requisito previo de la democracia era la existencia de una sociedad de propietarios-trabajadores independientes, una sociedad de una sola clase. Ambos autores establecían así claramente una estrecha relación entre democracia e igualdad económica básica pero, eso si, con reconocimiento de los derechos de propiedad. Este ideal de igualdad se plasma ya en el ultimo tercio del s.XVIII en textos constitucionales como consecuencia de los movimientos revolucionarios ocurridos en América y en Francia y que dieron lugar a la independencia de las colonias inglesas en el primer caso y a la liquidación del Antiguo Régimen en el segundo.

En el Preámbulo de la declaración de Independencia norteamericana se afirma como una verdad evidente que “los hombres han sido creados iguales, de modo que han sido provistos por su creador de ciertos derechos inalienables, entre los que están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.” Por su parte, el articulo 1º de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 anuncia: “los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos” y añade “las distinciones sociales solo pueden fundarse en la utilidad común”. Las desigualdades sociales no son, pues, aceptables salvo que sean en interés de todos, en particular de los grupos sociales mas desfavorecidos.

Aunque la Revolución americana y francesa afirmaron el principio absoluto de igualdad de derechos, en la práctica los regímenes políticos surgidos de los mismos se preocuparon fundamentalmente durante el siguiente siglo de proteger los derechos de propiedad, en buena medida porque americanos y franceses lo que consagraron fue, como afirma Rosanvallon, el principio de igualdad de condición pero no el de situación. Se aceptaban, pues, las desigualdades basadas en la virtud o el comportamiento pero también basadas en el talento o dotes naturales y en la propiedad y herencia. En realidad, la mayoría de los franceses continuaron en las mismas condiciones económicas y sociales que antes de la Revolución o incluso peores. El descontento de muchos ciudadanos decepcionados se expresó ya en la época revolucionaria en la publicación de Graco Babeuf que sostenía que la Republica hubiera debido restaurar la igualdad absoluta porque la sola igualdad política es una conquista vana e insignificante. Como recuerda igualmente el propio Rosanvallon, la Revolución Industrial que primero se desarrolla en Inglaterra extendiéndose posteriormente en el continente, produce unas consecuencias estremecedoras para una gran parte de las clases obreras y trabajadoras durante gran parte de del s.XIX Ya en 1819 Sismondi denuncia en sus Principios de Economía Política cómo el trabajo y el capital se habían erguido en poderes definitivamente separados, en lucha uno contra otro. Las industrias manufactureras se convierten en el problema de la sociedad moderna y causa del pauperismo, nombre con el que se designaba la situación de los obreros y sus familias condenados a sufrir de malnutrición y hambre y a vivir hacinados en chamizos infrahumanos, en condiciones de insalubridad difícilmente concebibles hoy día. En Europa y el mundo entero, el nombre Manchester se convertirá en sinónimo del infierno. F. Engels ha descrito de una vez por todas la dramática situación de la clase obrera en Inglaterra en su conocida obra de 1845. En ese mismo año Benjamin Disraeli habla en su novela Sybil o las dos naciones de ricos y pobres como formando parte de dos naciones extranjeras que no tienen nada en común, como si se tratara de habitantes de planetas diferentes. El proletario es, en formula de Auguste Blanqui, “el que se ha quedado fuera”. En ese mismo sentido, ‘El Manifiesto de la democracia en el s.XIX’ de Víctor Considerant y el Manifiesto Comunista de Marx y Engels denuncian la nueva división de clases de la sociedad, al igual que hace el Manifiesto de los Sesenta de inspiración proudhoniana.

Pero conviene recordar que junto a las denuncias de la situación miserable de las clases trabajadoras realizadas por obras de carácter no solo político sino literario, desde las filas conservadoras se atribuyen sus desgracias a sus vicios, sobre todo la bebida, a su falta de previsión, a la corrupción de sus costumbres y al despilfarro. La única solución al problema de la miseria obrera es la mejora de su conducta y la de sus familias y la resignación y la aceptación de su propia suerte.

Por otra parte, las consecuencias de la Revolución Industrial en Europa no solo suscitan reflexiones de carácter social o humanitario sino que abren un intenso debate académico en torno al tema de la distribución de la riqueza y de la renta. Todos los economistas se daban cuenta de que habían comenzado a producirse profundas transformaciones sociales y económicas, sobre todo un crecimiento demográfico sostenido – desconocido hasta la fecha- así como el desarrollo de industrias mecanizadas concentradas en las grandes ciudades, especialmente en Inglaterra. Los economistas y otros pensadores se preguntaban cuales serian las consecuencias de estos cambios en el reparto de la riqueza, en la estructura social y en el equilibrio político de las sociedades europeas. Para Thomas Malthus ese dinamismo demográfico contribuiría al estancamiento de los salarios agrícolas y al incremento de la renta de la tierra. Malthus consideraba urgente suprimir todo el sistema de asistencia a los pobres y controlar severamente la natalidad a falta de lo cual el mundo entero caería en sobrepoblación, caos y miseria.

En realidad, como señala Thomas Piketty, todos los observadores de la época tenían una visión sombría de la evolución a largo plazo de la distribución de la riqueza y de la estructura social lo que se aprecia especialmente en David Ricardo y en Karl Marx, quienes imaginaban que un pequeño grupo social – los terratenientes en el caso de Ricardo y los capitalistas industriales en el de Marx – se adueñarían inevitablemente de una parte siempre creciente de la producción y de la renta.

Para Ricardo, desde el momento en el que el crecimiento de la población y de la producción se prolonga de modo duradero, la tierra tiende a volverse cada vez mas escasa en comparación con otros bienes. La ley de la oferta y la demanda debería conducir a un alza continua del precio de la tierra y de las rentas pagadas a los terratenientes quienes, con el tiempo, recibirían una parte cada vez mas importante del producto nacional y el resto de la población una fracción cada vez mas reducida lo que seria destructivo para el equilibrio social. Ricardo consideraba que la única solución políticamente satisfactoria era establecer un impuesto cada vez mas gravoso sobre la renta del suelo. Esta sombría predicción no se confirmó puesto que a medida que disminuía el peso de la agricultura en el producto nacional el valor de las tierras agrícolas decayó inexorablemente respecto de las demás. Medio siglo después de que Ricardo publicara sus Principios había ocurrido una profunda evolución de la realidad económica y social. Ya no se trataba de saber si la agricultura podía alimentar a una población creciente o si el precio de la tierra aumentaría hasta las nubes, sino mas bien de comprender la dinámica de un capitalismo industrial en pleno desarrollo. De 1800 a 1850, según datos aportados por Piketty, los salarios de los obreros se estancaron en niveles muy bajos tanto en el Reino Unido como en Francia. La participación del capital en el producto nacional se incrementó fuertemente en ambos países durante esa primera mitad del siglo para disminuir ligeramente en los últimos decenios. Sin embargo, puede decirse que no hubo una disminución estructural de la desigualdad antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Entre 1870 y 1910 se produjo, en el mejor de los casos, una estabilización de la desigualdad en un nivel muy elevado con una concentración cada vez mayor de la riqueza en pocas manos.

En este contexto es donde se desarrollaron los primeros movimientos socialistas, anarquistas y comunistas. Sus principales lideres se plantearon la cuestión de la utilidad del desarrollo de la industria y de las innovaciones técnicas para la mejora de la situación de las clases trabajadoras y cual sería la evolución del sistema a largo plazo, tareas a las que consagró Marx toda su vida. Ya en 1847, en el Manifiesto Comunista, Marx da una respuesta a estas preguntas: “El desarrollo de la gran industria socava bajo los pies de la burguesía las bases sobre la que ésta produce y se apropia de lo producido. La burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables”.

Tras una critica de los socialistas utópicos proudhonianos que no aportaban un estudio verdaderamente científico de los procesos económicos operantes, Marx parte del modelo ricardiano del precio del capital y del principio de escasez ahondando en el análisis de la dinámica del capital que es, ante todo, industrial y no rural por lo que potencialmente su acumulación no tiene limites. De hecho, su principal conclusión es lo que podría llamarse el “principio de la acumulación infinita” y de ahí el resultado apocalíptico previsto por Marx; ya sea que haya una baja tendencia de la tasa de rendimiento del capital- lo que destruye el motor de la acumulación y puede llevar a los capitalistas a enfrentarse entre si- o ya sea que el porcentaje del capital en el producto nacional aumente indefinidamente y provoque la rebelión de los trabajadores contra la burguesía, en cualquier caso no es posible un equilibrio socioeconómico o político en el sistema capitalista.

Esta negra profecía de Marx no estuvo mas cerca de cumplirse que la anunciada por Ricardo porque a lo largo del ultimo tercio del siglo XIX los salarios de los trabajadores empezaron a subir y mejoró algo la capacidad adquisitiva de las clases mas desfavorecidas. Al igual que Malthus y Ricardo y otros autores, Marx pasó por alto la posibilidad de un progreso técnico duradero y de un crecimiento continuo de la productividad, una fuerza que permite equilibrar, en cierta medida, el proceso de acumulación y de creciente concentración del capital privado.

Como acaba de apuntarse, a finales del s.XIX y comienzos del XX empiezan a mejorar algo los salarios de los trabajadores y ello porque en esos años empiezan a implementarse una serie de políticas de carácter social que tratan de paliar la difícil situación vital de la clase obrera.

Ya en la década de 1880-1890 el Canciller Bismarck introduce en Alemania una serie de reformas sociales que marcaron el principio de un proceso que se fue extendiendo progresivamente al resto de los países europeos. Un conjunto de medidas de asistencia social que dependían de asociaciones caritativas privadas se transfirieron al Estado y se constituyeron en auténticos derechos. El porcentaje de gasto social en los presupuestos públicos fue creciendo, con altibajos en determinadas circunstancias, a lo largo del siglo XX. En España se creo en 1883 una Comisión para estudiar las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera y para proponer reformas de carácter legislativo para mejorarlas. En 1903 fue sustituida por el Instituto de Reformas Sociales, dirigido por Gumersindo de Azcárate.

Otra medida redistribuidora de gran transcendencia para paliar la enorme brecha existente entre la situación de las clases poseedoras y las obreras fue la creación de impuestos progresivos sobre la renta.

Hasta finales del s.XIX no se habían considerado los impuestos como posibles instrumentos de reforma social sino simplemente como el precio que había que pagar por los servicios prestados por el Estado. Sin embargo, en dos o tres décadas se implantaron impuestos sobre la renta en Europa y en EEUU. Alemania lo estableció en 1891 y EEUU en 1894. En un principio estos impuestos tuvieron tipos muy bajos y se aplicaron solamente a niveles de renta muy elevados, a pesar de lo cual su implantación suscitó debates de una gran virulencia. Lo cierto es que tanto los tipos como los sectores afectados se fueron ampliando rápidamente llegando a ser de carácter casi confiscatorio en ciertos países en determinadas coyunturas históricas. En España, hasta la II Republica no se creó la Contribución General sobre la Renta con carácter complementario a las demás contribuciones creadas en 1900 y solo para aquellas rentas que superaran determinadas cantidades.

Por otra parte y en paralelo, al comprobarse que la visión apocalíptica del desarrollo capitalista y su hundimiento que habían pronosticado Marx y Engels no se cumplía, se reforzaron las posiciones de los socialistas defensores de políticas reformistas. Ni la evolución económica conducía a la proletarización de las clases medias y del campesinado ni la transición al socialismo podía esperarse de un estallido revolucionario subsiguiente a una dura crisis económica. Los partidos socialistas se fijaron objetivos pragmáticos desde principios del s.XX y los sindicatos obreros se centraron igualmente en reivindicaciones concretas. Los sindicatos se convirtieron así en agentes legítimos y necesarios de la vida económica. Las relaciones entre sindicatos y patronales se consolidaron jurídicamente generalizándose los procedimientos de negociación colectiva de las condiciones de trabajo. En España, Pablo Iglesias fundó el PSOE en 1879 y la UGT en 1888.

Estas mejoras en la situación de las clases trabajadoras y una cierta disminución de las desigualdades económicas fue acompañada ciertamente de un importante crecimiento económico hasta la crisis de 1929 y la Segunda Guerra Mundial. En paralelo, en el primer tercio del siglo se produjo la extensión del sufragio universal en Europa y los EEUU sin que por ello se radicalizaran las posiciones de los principales partidos políticos ante la necesidad de captar votos en amplios sectores del electorado. El gran temor de J. Stuart Mill a que la clase obrera se hiciera con el control del Parlamento no se produjo.

Después de la gran recesión de 1929 y el sangriento paréntesis de la Segunda Guerra Mundial, los años 40 del pasado siglo supusieron la consagración de las políticas de redistribución en la mayoría de los países del mundo occidental. En 1941, en plena guerra, la carta del Atlántico fijaba como objetivo “garantizar a todos mejores condiciones de trabajo, prosperidad económica y seguridad social” y Franklin D. Roosevelt ese mismo año consideraba la abolición de la miseria una de las cuatro libertades básicas del individuo. En 1944, la Conferencia Internacional del Trabajo pedía la puesta en marcha de una seguridad social protectora que incluyera el derecho a una renta básica al considerar que la pobreza constituía un peligro para la prosperidad de todos.

Acabada la conflagración mundial, los gobiernos surgidos en Europa occidental, básicamente sustentados por los partidos socialdemócratas y democristianos, incrementan las políticas reformadoras y redistribuidoras. El nivel de vida de las clases trabajadoras ya no dependía solamente de la remuneración de su trabajo sino también de la renta social que recibían como ciudadanos a través de los mecanismos del nuevo Estado-providencia. Las desigualdades económicas y sociales se vieron reducidas considerablemente gracias a la acción conjunta de los partidos de izquierdas y de los sindicatos en unos años de fuerte crecimiento económico que permitieron un importante aumento de la presión fiscal, dedicada en buena medida a financiar los instrumentos del Welfare State.

En estos años posteriores a la Segunda Guerra, que algunos calificaron posteriormente como “Los Treinta Gloriosos”, aparecen teorías optimistas sobre los efectos del desarrollo sobre las desigualdades sociales, Kuznets y Solow entre otros. Según Kuznets, la desigualdad de ingresos aumenta en las primeras fases del desarrollo capitalista para disminuir progresivamente hasta estabilizarse en un nivel aceptable. Se trata de una teoría que se adaptaba perfectamente a la situación que se estaba produciendo en la economía en esos momentos y que coincidía con el análisis de Robert M. Solow sobre las condiciones para un sendero de crecimiento equilibrado en el que todas las magnitudes económicas –producción, ingresos, beneficios, capital, precios – progresarán al mismo ritmo, de tal manera que cada grupo social saca provecho del crecimiento en las mismas proporciones. Se trata de una visión contraria a las previsiones pesimistas sobre la evolución de las desigualdades de un Ricardo o de un Marx pero igualmente ajustadas a las circunstancias históricas concretas en que se formulan ambas. Aunque conviene recordar que en esas mismas fechas Galbraith ya denunciaba en su libro La sociedad opulenta la perdida de interés académico y político por el problema de las desigualdades y la falta de acciones especificas para solucionarlo.

Lo cierto es que esta situación de crecimiento económico equilibrado comienza a modificarse en los años 1970-1980. La victoria electoral de Margaret Thatcher en 1978 y la imposición de su agenda neoliberal tendrán efectos profundos en el Reino Unido y, a continuación, en el resto del mundo occidental. Reagan y Thatcher lograron apoyo popular a su plan de desmantelamiento del Welfare State al movilizar contra él una serie de resistencias al carácter burocrático de las nuevas formas de organización estatal. El neoconservadurismo o neoliberalismo va a dominar las políticas gubernamentales durante las décadas siguientes persiguiendo la recuperación de la tasa de beneficio a la vez que pretenderá la eliminación de todas aquellas trabas que impidan la libertad de empresa en un escenario de creciente globalización de la economía. En los lugares donde esta corriente se alza electoralmente (EEUU, Australia, Nueva Zelanda, etc.) se abandonaran las políticas Keynesianas, sustituyéndolas por medidas económicas monetaristas anti inflacionistas y desmantelando buena parte del Estado del bienestar a través de la eliminación de ciertos programas y la desregulación de los mercados de trabajo.

El discurso neoliberal apostará por un Estado mínimo y una desregulación de los mercados que tendrá como consecuencia el crecimiento de las desigualdades entre las clases altas y bajas al disminuir drásticamente las medidas redistributivas. La consecuencia es una progresiva dualización social y el deterioro y casi eliminación de las clases medias. La crisis de 2007/2008 y las políticas de austeridad para salir de la misma en Europa no han hecho mas que agravar la situación de las clases mas desfavorecidas, especialmente en los países del Sur.